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EL COMPAÑERISMO REVOLUCIONARIO ES LA BASE DE LA UNIDAD MONOLÍTICA Y LA FUERZA IMPULSORA DE NUESTRA REVOLUCIÓN



    

    Pronto se cumplirán 40 años de mi trabajo en el Comité Central del Partido. Es decir, ha pasado casi medio siglo, que no es poco tiempo. Al echar una mirada retrospectiva a la trayectoria revolucionaria que he recorrido, me vienen a la memoria innumerables hechos, de los cuales los más impresionantes son los relacionados con los compañeros revolucionarios que invariablemente han seguido en pos del Partido arrostrando dificultades y pruebas. Entre ellos están los excombatientes antijaponeses, veteranos de la revolución, los fieles compañeros que actuaron en el período de preparación del fundamento del Partido para la sucesión de la causa revolucionaria del Juche y los valientes que defendieron a ultranza la Dirección de la Revolución en el período de la “Marcha Penosa”. Gracias a que a través de décadas que vieron cambiar los siglos, numerosos compañeros me han apoyado, enaltecido y ayudado sinceramente, he podido desplegar con éxito hasta hoy las actividades revolucionarias que me han correspondido. Nunca me olvidaré de los compañeros revolucionarios fieles al Partido y llevaré hasta el final, a fuerza del compañerismo, la causa revolucionaria del Juche iniciada y conducida por el gran Líder.

    La revolución ha sido desde siempre, una ardua lucha preñada de pruebas para eliminar toda clase de trabas sociales y realizar la independencia de las masas populares, y para impulsarla victoriosamente es indispensable contar con muchos compañeros, los de armas que comparten una misma idea, un mismo propósito y un mismo destino. Son compañeros revolucionarios los que superan juntos las dificultades y pruebas y comparten alegrías y penas, la vida y el riesgo de la muerte en el camino de la revolución. La palabra compañero es un honorable y valioso término que se usa entre los revolucionarios. Sin compañeros no se puede iniciar ni hacer avanzar la revolución. En este sentido se puede decir que la revolución es compañero, y viceversa.

    En el camino de la revolución no hay persona más íntima y preciosa que el compañero. Desde la antigüedad se dice que los padres, hermanos y parientes son los más cercanos y huelga afirmar que lo son, porque están ligados a uno por lazos de sangre. Sin embargo, no por ser parientes consanguíneos hacen juntos la revolución. Aunque sean padres, hermanos y parientes, si no profesan una misma idea y propósito, no podrán avanzar juntos por el arduo camino de la revolución. Máxime, con las relaciones interpersonales trabadas sobre la base de los intereses y cálculos temporales no se puede hacer la revolución. Únicamente los compañeros pueden compartir la vida y el riesgo de la muerte en el proceso de la revolución. Es fácil perder un compañero, pero difícil conseguirlo. Solo quien está dispuesto a dar la vida por sus compañeros podrá ganar como auténticos compañeros a quienes, una vez tomada su mano, no abandonará aun a riesgo de su vida. Si uno cuenta con los compañeros, no tendrá miedo a decenas de millones de enemigos, y podrá arrostrar tempestades embravecidas. El compañero es el ser más precioso en el mundo. Por eso se dice que ni con miles de toneladas de oro se puede comprar un compañero.

    Para el revolucionario el compañero constituye el capital, el recurso más importante. El puede vivir separado de sus padres, pero no del compañero. Se puede decir que para él si la vida que ha recibido de sus padres es la primera vida, la que obtiene al conseguir al compañero es la segunda.

    Como los revolucionarios son hombres que luchan para alcanzar un objetivo común con una misma ideología y propósito, si sus padres o hijos lo son también, necesariamente sus relaciones deben ser camaraderiles, sobrepasando los lazos de sangre.

    Oí decir al Líder que cuando era niño, su padre, Kim Hyong Jik, al comprarle en una tienda un reloj de bolsillo como regalo de cumpleaños, dijo: “Compañero Song Ju, te felicito”.

    De este hecho podemos deducir que Kim Hyong Jik consideró a su hijo como un compañero revolucionario, sobrepasando así los lazos de sangre que los unían. Por eso el Líder recordó que la palabra “compañero” la había aceptado como el consejo de que fuera revolucionario y combatiera a los agresores imperialistas japoneses hasta rescatar el país.

    También nuestro Líder me trató en vida como su compañero revolucionario, y por mi parte yo me he considerado su soldado revolucionario, su compañero que lo enaltece.

    El amor que sienten los compañeros entre sí en el camino de la revolución es precisamente el compañerismo revolucionario. Es la confianza absoluta en el compañero, el espíritu de sacrificio de consagrarlo todo por él y la abnegación ilimitada por él. Lo que merece destacar de esa relación es que profesan una misma idea y propósito por encima de la edad y el parentesco. Por estar basada en la comunidad de la idea, el propósito y el objetivo de la lucha, el compañerismo revolucionario deviene idea y sentimiento, más profundos y ardientes que el amor entre los parientes o la amistad entre los amigos; es el súmmum, la cumbre del amor humano.

    El amor entre los compañeros representa precisamente su unidad. No hay fuerza más poderosa que la unidad sustentada en el compañerismo revolucionario. La unión basada en el amor y la confianza entre los compañeros, o sea en el compañerismo revolucionario, no se perturba ante cualquier tempestad furiosa y manifiesta un poderío que ninguna fuerza puede quebrantar. Al margen de ello no se puede hablar de la existencia, fortalecimiento y desarrollo de nuestro Partido ni de nuestra unidad monolítica ni del avance victorioso de nuestra revolución. El compañerismo revolucionario constituye la base de la unión monolítica, la fuerza espiritual del Partido, y la fuerza impulsora de la revolución.

    Se trata de una enjundiosa idea relacionada con el origen de la revolución coreana. La historia del Líder, o sea la de nuestro Partido, es la historia del compañerismo y nuestra revolución iniciada bajo la bandera de la Unión para Derrotar al Imperialismo, es una empresa sagrada que se han promovido y alcanzado victoria tras victoria en virtud del propio compañerismo.

    Tempranamente, el gran Líder comenzó sus actividades revolucionarias por conseguir compañeros y escribió la nueva historia sobre el sublime compañerismo revolucionario. Con el credo de que el compañero es el otro yo y, si ganaba compañeros podría conseguir todo lo que deseara, no reparaba en la seguridad personal para captarlos ni hacer alto en sus aras, emprendiendo incluso viajes nocturnos de cientos de kilómetros. Primero ganó compañeros y luego consiguió armas. Los aglutinó en organizaciones partidistas y los alentó a hacer la revolución. El nombre de la primera organización del Partido creada en Kalun, durante la Lucha Revolucionaria Antijaponesa, fue la “Asociación de Compañeros Konsol”, la cual refleja fielmente su gran ambición y voluntad revolucionaria de impulsar y llevar al triunfo la revolución coreana, consiguiendo y aglutinando compañeros que pudieran compartir con él la vida y el riesgo de la muerte.

    Como ustedes saben, porque leyeron las Memorias del Líder, este, una vez establecida la relación camaraderil con una persona, la apreciaba y amaba infinitamente, confiaba plenamente en ella y hacía todo lo posible por ese lazo. El episodio sobre un tazón de harina de arroz tostado, ocurrido durante la Marcha Penosa, los hechos de que, sintiéndose dolido hasta más no poder por los compañeros caídos en el combate, escribía epístolas de pésame velando noches, y de que prendió fuego a la pila de expedientes de “Minsaengdan”10 a la vista de los cien combatientes imputados injustamente por pertenecer a esa organización y los recibió a todos en el grueso del Ejército Revolucionario Popular, así como otras innumerables historias legendarias sobre su amor y confianza a los compañeros muestran cuán ardiente y sublime era el compañerismo revolucionario que profesaba el Líder, quien guardó cuidadosamente en su caja fuerte personal, hasta el último momento de su vida, o sea durante casi medio siglo, una foto que se había tomado junto con Kim Chaek después de la restauración del país, hecho que conmovió el corazón de todo el mundo. Nuestro Líder, si bien se mostraba imponente como comandante invencible ante los enemigos, resultaba un gran hombre, un gran compañero, dúctil de sentimientos y lágrimas ante los compañeros: fue la personificación del compañerismo revolucionario.

    Como tenía un sublime compañerismo y altas virtudes, en torno a él se reunían siempre numerosos compañeros. Mirando retrospectivamente los años de la lucha revolucionaria, en el período inicial de nuestra revolución Kim Hyok, Cha Kwang Su y otros jóvenes comunistas enaltecieron al Líder como centro de la unidad y la dirección, no vacilaron en consagrar la vida por él y después, sustituyéndolos, un sinnúmero de soldados revolucionarios le siguieron con fidelidad y lucharon de modo resuelto en su defensa. En vida, Kim Il Sung, en cada oportunidad que se le presentaba decía con emoción que había pasado toda su vida entre los compañeros, desde que se había separado del regazo de sus padres, a la edad de 13 años, y que gracias a su amor pudo conducir victoriosamente nuestra revolución durante largo tiempo a partir de la lucha revolucionaria antijaponesa.

    La verdad de que la revolución comienza por ganar compañeros es una valiosa herencia que he recibido de las generaciones precedentes. Teniéndola en gran aprecio amo de corazón a los compañeros revolucionarios y confío en ellos como en mí mismo. Kim Jong Il existe porque existen los compañeros, y viceversa. Este es mi credo ideológico. Mi concepto sobre el compañero podría reducirse a una confianza tan profunda en este que podría expresar con la fórmula de yo soy tú y tú eres yo. Mi predilección especial por la Canción al Compañerismo puede explicarse por mi aprecio al compañero. Esta canción refleja con profundidad filosófica la admiración y fidelidad hacia el Líder y el amor al compañero revolucionario. El verso que más me gusta es: “Llueva o nieve, sigamos el camino de la revolución, seamos fieles al juramento, admiremos a Hanbyol”. En esta parte se expresa la idea de que se debe luchar invariablemente en cumplimiento del juramento hecho ante el líder de la revolución, sin titubear ni detenerse ante cualquier prueba.

    El compañerismo revolucionario viene a ser la filosofía revolucionaria, la filosofía política, de nuestro Partido. La política de virtudes, una política de altos vuelos, que este aplica es la política de considerar al pueblo como el cielo, política de amor y confianza hacia este, penetrada de sublime compañerismo. También en la política del Songun practicada por nuestro Partido está encarnada brillantemente la idea sobre el compañerismo revolucionario. Veo en los militares con armas a compañeros revolucionarios con quienes comparto las ideas y propósitos y no, simplemente, desde el ángulo de las relaciones jerárquicas soldados-Comandante Supremo, y les profeso un amor ilimitado. Voy a cualquier lugar donde hay militares, por muy recónditos y escarpados que sean, para dispensarles confianza y afecto y presentarlos como compañeros revolucionaros del Songun. Ellos, a su vez, confían absolutamente en mí, su Comandante Supremo, y me siguen considerando su compañero más íntimo.

    Nuestro Partido respeta a los precursores, pioneros de la revolución. Ha depositado en la colina de la eternidad los restos de los mártires que realizaron méritos en pro de la revolución. El Cementerio de Mártires Revolucionarios del monte Taesong y el Cementerio de Mártires Patrióticos de la comuna Sinmi brillarán para siempre en la historia de nuestro Partido, como símbolo del noble compañerismo.

    Bajo la bandera del Songun se ha formado un gran ejército de compañeros revolucionarios y se va consolidando aún más la unidad monolítica de las filas de la revolución sobre la base del compañerismo revolucionario. Actualmente, en nuestro país se están manifestando altamente los bellos rasgos del compañerismo. Bien conocidos son los ejemplos de aquellos que cubrieron con su cuerpo hasta las granadas de mano a punto de estallar para salvar a sus compañeros, los que consagran sin vacilación su juventud en bien de los exmilitares minusválidos y cuidan como fuesen sus propios hijos, o padres carnales, a huérfanos y ancianos desamparados. Podemos enorgullecernos con todo derecho por el hecho de que en la época del Songun, nueva época de la revolución del Juche, florezcan plenamente esos bellos rasgos tradicionales del compañerismo revolucionario.

    Nuestra revolución, iniciada en el monte Paektu, no ha terminado todavía. Su camino sigue siendo largo y escabroso. Para recorrerlo victoriosamente tenemos que sostener más alto que nunca la consigna del compañerismo. Lo exigen las tareas revolucionarias a que nos enfrentamos y la situación creada en el país. Nuestro Partido, acorde con el propósito que el Líder alimentaba en vida, ha trazado el gran proyecto de levantar un Estado socialista poderoso y próspero en esta tierra, y todo el Partido, Ejército y pueblo se esfuerzan por hacerlo realidad. Mientras tanto, los imperialistas norteamericanos hacen toda clase de maniobras para aplastar nuestra República, baluarte del socialismo, y nuestro país se ha convertido en un foco de enconado enfrentamiento entre el socialismo y el imperialismo. Sin un gran ejército de compañeros revolucionarios que compartan la vida y el riesgo de la muerte, será imposible salir victorioso en la lucha contra el enemigo que se jacta de su “supremacía” y construir un Estado socialista poderoso y próspero, sobreponiéndose a las duras pruebas actuales. Con la consigna del compañerismo revolucionaria en alto debemos preparar a todos los miembros de la sociedad como compañeros firmes de convicción, como compañeros de la revolución del Songun, y transformar a toda la sociedad en una comunidad de compañeros.

    Lo más importante en esa comunidad es el amor que se reciproca entre el líder y sus soldados. El líder constituye el centro de ese sentimiento. Bajo su dirección se forma un gran ejército de compañeros y sobre la base de su idea las personas se unen con lazos camaraderiles. Al margen del líder no se puede hablar del compañerismo ni pensar en la comunidad de compañeros.

    Las relaciones entre el líder y sus soldados no deben ser simplemente las de orden y cumplimiento, sino genuinas relaciones camaraderiles sustentadas en la fe revolucionaria y el sentido del deber. Los soldados, con firme convicción y clara conciencia, tienen que confiar sin reservas en su líder, en su dirigente, y enaltecerlo altamente y seguirlo hasta el fin. En lugar de atenerse a las formalidades y etiquetas, los funcionarios deben respaldar y defender de corazón a su Dirigente y seguir su idea y propósito sin ninguna intención maliciosa ni ningún amaneramiento. Si piensan en algo, deben hacerlo a tenor con la idea y propósito del Dirigente; cuando hablan, deben procurar hacerlo en su mismo lenguaje y en caso de caminar, dar pasos con el mismo ritmo que el suyo. Quien vive y trabaja acorde a la idea y propósito del Dirigente es su verdadero compañero revolucionario.

    En nuestro país todas las personas son compañeros revolucionarios de combate y luchan por alcanzar el objetivo común bajo la dirección del Partido, aunque sean diferentes por su edad, antecedentes de vida, puestos de trabajo y cargos. Aquí todos deben confiarse y amarse unos a otros en cumplimiento de su deber camaraderil, considerar el dolor ajeno como suyo y abnegarse por los compañeros. Es preciso hacer que todas las personas, al compartir el destino en el camino de la revolución, se ayuden y conduzcan unas a otras y trabajen de consuno en pos del objetivo común. El amor al compañero debe ser cálido, sincero, pero sustentado en principios. Hay que manifestarlo mediante críticas de principios. Entre los compañeros revolucionarios la crítica es precisamente la confianza y el amor. Cuanto más valioso es un compañero, más oportunamente se debe criticar su error, sin tolerarlo, para que rectifique. También las relaciones entre los superiores y los subordinados deben regirse correctamente por el compañerismo. Unos y otros tienen que entenderse y sentir afecto entre sí. Los subordinados deben respetar y ayudar a sus superiores y estos, atender y guiar a aquellos solícitamente.

    El compañerismo revolucionario se implanta y cuaja en la lucha práctica por materializar las líneas y políticas del Partido. A través de ella ha de formarse en las personas el espíritu del compañerismo y establecerse la conducta de trabajar en unión y cooperación camaraderiles, con una misma alma y propósito.

    Hay que fortalecer aún más la unidad monolítica de las filas revolucionarias sobre la base del compañerismo revolucionario. La unidad monolítica constituye el fundamento más sustancioso de nuestra revolución y una insuperable arma, más potente que la bomba atómica. Solo basándose en el compañerismo revolucionario y el sentido del deber, la unidad monolítica de las filas revolucionarias puede ser sincera y verdaderamente sólida. Para nosotros, que sostenemos una lucha difícil contra enemigos poderosos en defensa del socialismo, el compañerismo revolucionario y la unidad basada en ello son más preciosos que la vida. Encarnando de modo cabal el compañerismo revolucionario, debemos aglutinar firmemente a todos los miembros de la sociedad en torno al Partido y consolidar como un monolito la unidad de las filas revolucionarias en un solo cuerpo y alma.

    También en esta tarea el Ejército Popular debe marchar a la delantera.

    El Ejército Popular es la fuerza armada destinada a defender con las armas al Partido y la revolución, la patria y el pueblo. La fuente de su poderío descansa en su superioridad político-ideológica y lo más importante de esta es la unión de las filas armadas basada en el compañerismo revolucionario. Cuando se liga el fusil con esta, su poderío es verdaderamente indestructible.

    En el Ejército Popular, el Comandante Supremo y los soldados forman una comunidad unida por un mismo destino, que comparte la vida y el riesgo de la muerte. Todos los militares deben ser compañeros revolucionarios número uno del Comandante Supremo, con quien compartan una misma idea, un mismo propósito y un mismo destino, y todo el Ejército debe ser el meollo en la defensa a ultranza de la Dirección de la Revolución.

    El Ejército Popular ha de formar todas sus filas como una colectividad de compañeros al manifestar altamente los bellos rasgos de la unidad entre los oficiales y los soldados, entre los superiores y los subordinados. Esta unidad constituye una bella cualidad tradicional de nuestras fuerzas armadas revolucionarias y una de sus importantes características. Por supuesto, en el fortalecimiento de la capacidad combativa de las fuerzas armadas revolucionarias es importante modernizar sin descanso los armamentos, pero lo más importante es unir con firmeza a los oficiales y soldados, compañeros revolucionarios que van a compartir la vida y el riesgo de la muerte en la sagrada y justa guerra eventual. Todos los oficiales del Ejército Popular deben amar y atender solícitamente a los soldados, como si fueran sus padres y hermanos, mientras estos deben confiar y seguir sinceramente a aquellos.

    Mediante el desarrollo de las relaciones entre los militares y el pueblo hay que fortalecer más su unidad camaraderil. El Ejército tiene que servirle abnegadamente al pueblo y este, a su vez, debe amarlo como a sus propios hijos y ayudarlo de todo corazón. Ambos, homogeneizados en una misma idea y estilo de lucha bajo la dirección del Partido, han de defender a este y respaldar su causa con el poderío de la unidad monolítica.

    Hay que educar bien a los militares y el pueblo en el compañerismo revolucionario.

    Ante todo, es preciso intensificar entre ambos la educación en la idea Juche. Al margen de esta es imposible establecer verdaderas relaciones camaraderiles y asegurar una sólida unidad y cohesión. Solo cuando todos los militares y el pueblo la asuman como su fe y piensen y actúen como un solo hombre, según sus preceptos, será posible manifestar plenamente el compañerismo revolucionario y consolidar más nuestra unidad en una sola alma.

    Hay que dotar firmemente a los militares y demás sectores del pueblo con la tradición del compañerismo de nuestro Partido. De esta tradición es sustancial el compañerismo con el Líder como centro, basado en la confianza y el sentido del deber entre este y sus soldados. Esa tradición se implantó en medio de las llamaradas de la ardua lucha revolucionaria sin precedentes y su vitalidad se comprobó palpablemente a través de varias etapas de la práctica revolucionaria. Hay que armar a los militares y otros sectores del pueblo con el concepto revolucionario sobre los compañeros al intensificar la referida educación. De esta manera, se debe lograr que todos los oficiales y soldados del Ejército Popular y el pueblo se conviertan en compañeros revolucionarios del Songun que defiendan a ultranza al Partido y apoyen con fidelidad su idea y dirección. Hay que exaltar de modo activo los ejemplos del compañerismo revolucionario y generalizarlos ampliamente, para que se manifiesten altamente sus bellos rasgos camaraderiles en toda la sociedad.

    Debemos defender la patria y la revolución y levantar un Estado socialista poderoso y próspero valiéndonos del poderío de la unidad monolítica del Partido, el Ejército y el pueblo basada en el compañerismo revolucionario.